Varios hombres están en cuclillas, muy juntos, alrededor de un pequeño agujero oscuro en el suelo. Algunos tiran de una cuerda larga y fina para sacarla verticalmente de la abertura, mientras que otros extienden las manos hacia el agujero o miran hacia su interior.

Los niños que arriesgan su vida para rescatar a menores atrapados en los profundos pozos de agua que proliferan en Afganistán

Un niño pequeño se acurrucaba en un rincón, a 70 metros de profundidad en un pozo húmedo y profundo. El agua le lamía los pies y le goteaba sobre la cabeza. Tenía miedo y frío.

Arriba, un grupo de hombres lo observaba en una pantalla mientras las imágenes eran transmitidas por una cámara que los rescatistas habían bajado. Zainullah, de cinco años, había caído en un pozo estrecho y seco mientras jugaba con amigos en la provincia sureña afgana de Kandahar dos días antes.

Advertencia: esta página contiene contenido perturbador.

Sorprendentemente, sobrevivió a la caída, que tenía la misma profundidad que el ancho de un campo de fútbol.

Pero con solo 30 cm de diámetro, el pozo era demasiado estrecho para que un adulto pudiera rescatarlo, y Zainullah era demasiado pequeño y estaba demasiado asustado para entender cómo atarse a la cuerda que habían bajado para sacarlo.

Todos los intentos de los rescatistas fracasaron. Otros tres niños intentaron bajar al pozo, pero era tan estrecho que, luchando por respirar, rogaron que los sacaran.

Hazrat Omar, un niño sin camisa que lleva un gorro sindhi con estampado rojo y plateado, mirando directamente a la cámara.
A Hazrat Omar le dieron un sombrero para proteger su cabeza.

Fue entonces cuando los rescatistas recurrieron a Hazrat Omar, de 11 años, quien aparentemente ya había participado en otra misión subterránea con éxito.

Con el consentimiento de su tío, Hazrat aceptó, a pesar de las advertencias de los adultos preocupados de que no bajara.

En su primer intento, al ser descendido con una cuerda atada a sus manos, "se me atascó el hombro y el muslo", recuerda.

"Grité que me lastimaba. Me volvieron a subir".

Lo intentaron de nuevo y, esta vez, llegó al fondo.

En la superficie, cientos de adultos esperaban con gran expectación.

Finalmente, los hombres que rodeaban el agujero comenzaron a tirar de la cuerda, metro a metro, hasta que los chicos emergieron.

Un grupo de personas se aglomera alrededor de una abertura estrecha en el suelo durante una operación de rescate. Varias personas extienden los brazos hacia el interior de la abertura, utilizando cuerdas o cables, mientras Hazrat, que lleva un gorro gris, se ve parcialmente en el fondo. Una persona viste ropa de camuflaje y otras llevan prendas de colores claros y cubrecabezas.

En todo Afganistán, la desesperada búsqueda de agua ha llevado a la perforación de cientos de miles de pozos profundos, estrechos y difíciles de detectar, convirtiendo los campos de cultivo en trampas mortales.

El pozo en el que cayó Zainullah se había secado dos años antes. Los agricultores locales que lo perforaron habían cubierto la abertura con madera y tierra, pero con el tiempo la madera se descompuso y la tierra se aflojó.

Un grupo de personas se aglomera alrededor de una pequeña abertura en el suelo, mirando hacia el interior del pozo iluminado. Varias personas sostienen cuerdas o cables que se extienden hacia la abertura, mientras una de ellas dirige la luz de una linterna hacia abajo. Algunos miembros del grupo visten ropa de camuflaje, y otros llevan prendas tradicionales holgadas y cubrecabezas.

Una pequeña abertura en la tierra reseca -que fácilmente pasaba inadvertida- ocultaba una caída abrupta bajo la superficie.

El hueco era oscuro y sofocante; en algunos puntos, tenía la mitad del ancho de los hombros de un adulto.

Cuando Zainullah cayó, las estrechas paredes probablemente le salvaron la vida al amortiguar su caída.

Finalmente tocó fondo, a 70 metros bajo la superficie.

Atrapado en la cavidad subterránea, soportó una agonizante espera de dos días para ser rescatado.

Una pequeña abertura en la tierra reseca -que fácilmente pasaba inadvertida- ocultaba una caída abrupta bajo la superficie.

Ilustración en corte vertical de un pozo subterráneo muy estrecho que desciende desde la superficie hasta unos 70 metros de profundidad. Las marcas de profundidad indican intervalos de 10 metros. Unas anotaciones en amarillo explican que el pozo estaba oscuro y que, en algunos puntos, su anchura era apenas la mitad de la anchura de los hombros de un adulto. En el fondo se muestra a una pequeña figura atrapada en una cavidad subterránea, a la espera de ser rescatada.

En los últimos cinco años, los rescatistas afirman que cientos de afganos, como Zainullah, han caído en pozos perforados que no estaban debidamente sellados tras haber sido vaciados.

La BBC confirmó más de 100 incidentes de este tipo desde 2021, principalmente en el sur del país. La mayoría involucran a niños menores de 10 años y casi la mitad de ellos fallecieron.

Las caídas en pozos abandonados no son infrecuentes en el sur de Asia. Entre 2009 y 2023, se reportaron más de 40 niños que cayeron en pozos perforados en India.

Pero en Afganistán, la situación se ha visto agravada por una combinación de eventos, según Najibullah Sadid, uno de los principales expertos en agua del país, radicado en Alemania.

Cuando las fuerzas estadounidenses se retiraron en 2021 tras 20 años de presencia, una economía frágil basada en la construcción, el comercio y la ayuda exterior colapsó. Se perdieron más empleos cuando el regreso de los talibanes al poder trajo consigo severas restricciones para las mujeres y profundos recortes a la ayuda internacional.

A medida que las oportunidades se reducían, la gente regresó a las tierras de cultivo, que se habían vuelto seguras para trabajar al no formar parte de una zona de guerra.

El problema principal era la disminución del suministro de agua, provocada por el cambio climático y la sequía prolongada, lo que hacía que los agricultores dependieran cada vez más del agua subterránea.

A esto se sumaba la abundancia de paneles solares chinos baratos, que, según Sadid, le permitían a los agricultores "bombear agua todo el día", y el resultado era desolador: cada vez más pozos peligrosos en el suelo.

El número de pozos aumentó "enormemente" después de 2020, afirma Sadid, y las imágenes satelitales indican que ahora hay medio millón. La mayoría se encuentran en la cuenca del río Helmand, particularmente en las provincias de Helmand, Kandahar, Farah y Ghazni.

Gráfico que muestra la provincia de Kandahar resaltada en un mapa de Afganistán sobre imágenes satelitales de tierras de cultivo. Los puntos amarillos marcan numerosos estanques cerca de pozos profundos en todo el paisaje agrícola. Una vista satelital en primer plano etiqueta un estanque y paneles solares cercanos, explicando que los agricultores bombean agua subterránea a estanques para almacenamiento e irrigación de cultivos.

Pero la capacidad de respuesta cuando la gente cae en estos pozos sigue siendo muy limitada, ya que actualmente solo hay unas cinco personas capacitadas que participan voluntariamente en las labores de rescate.

Por eso, un vendedor de teléfonos móviles de 28 años de la provincia sureña de Helmand decidió tomar cartas en el asunto.

Primer plano de Mirajan Abdullah, quien lleva barba, una gorra de béisbol de camuflaje colocada hacia atrás y una camisa de color tostado.
Mirajan Abdullah

La primera vez que Mirajan Abdullah supo de alguien que había caído en un pozo fue en abril de 2021, cuando un niño de cinco años cayó en un agujero abandonado en su aldea, en el distrito de Sangin, provincia de Helmand.

"El niño lloraba mucho", recuerda Mirajan. "Decía: 'Tengo frío. Tengo hambre. Tengo sed. Está oscuro. ¡Sáquenme de aquí!'".

Los aldeanos tardaron 48 horas en encontrar la manera de liberarlo. Pero el niño falleció poco después en el hospital.

Mirajan pensó que se trataba de una tragedia aislada, hasta que un año después se enteró de que otro niño, Haidar, había caído en un pozo. Para él, era evidente que necesitaban una forma de rescatar a los niños de pozos profundos.

Creó un dispositivo que conectaba una cámara a una computadora, lo que le permitía a las personas en la superficie ver dónde se encontraba la persona atrapada. De esta manera, podían bajar una cuerda hasta el lugar exacto, a la que la persona podía atarse antes de ser rescatada.

Para probarlo, envió a su propio hijo, que entonces tenía solo cinco años, a un pozo de 25 metros de profundidad.

Funcionó.

En los cuatro años transcurridos desde entonces, ha participado en 113 rescates, salvando a casi 70 personas.

Una de estas operaciones tuvo lugar en la provincia de Helmand, donde Mirajan utilizó su dispositivo para llegar hasta Noor Agha, de cinco años, que había estado atrapada a 140 metros bajo tierra durante cuatro horas.

Mirajan se agacha junto a un pequeño agujero en el suelo mientras sostiene un cable o alambre verde y fino que se introduce en la abertura. Otra persona permanece de pie a su lado sosteniendo un cable más oscuro. Un monitor de computadora se encuentra en el suelo frente al grupo, conectado mediante cables, mientras varias personas más observan desde atrás, entre vegetación alta y sin hojas.
Mirajan Abdullah instala su monitor personalizado para guiar el rescate hacia el pozo.
Un monitor de computadora apoyado en el suelo que muestra la imagen de una cámara de un niño atrapado dentro de un pozo de tierra estrecho y polvoriento.
La transmisión de video en vivo confirma la posición del niño, permitiendo así bajar una cuerda de rescate.
Mirajan sostiene a Noor Agha, rodeado por un grupo de hombres, algunos de los cuales graban con sus teléfonos.
Ya a salvo en la superficie, Mirajan sostiene a Noor Agha tras una exitosa operación de extracción de dos horas.

Trágicamente, otros no sobrevivieron. Algunos, según cuenta Mirajan, se ahogaron en el agua de los pozos.

Además de los peligros físicos inmediatos que presentan los pozos en Afganistán, también generan inquietudes sobre su sostenibilidad.

Con el paso de los años, las sequías han provocado que se excaven pozos cada vez más profundos, llegando a alcanzar ya no solo 80 metros, sino, según se informa, hasta 200 metros.

La agricultura en Afganistán depende del agua subterránea y de la extracción de reservas muy profundas, pero se trata de un recurso finito.

Una persona, con el rostro oculto por un gorro con orejeras, acciona una gran bomba manual de metal en un paisaje abierto y seco; bajo el caño hay dos bidones de plástico para agua, de colores amarillo y marrón. Un niño pequeño está de pie junto a la bomba y se ve a otra persona al fondo, bajo un cielo nublado.

El riesgo es que "algunas zonas queden completamente deshabitadas, la gente se vea obligada a emigrar y las regiones se conviertan en llanuras áridas y desiertos", señala Sadid.

El impacto del descenso del nivel freático ya se hace notar, comenta Mirajan, añadiendo que no es raro ver "dos o tres pozos... a escasos metros unos de otros".

A pesar de todo esto, los agricultores apenas ganan dinero.

"Generalmente, se utilizan entre 100 y 300 litros de agua para producir 1 kg de tomates. Pero en la época de la cosecha, ese mismo 1 kg de tomates se vende en el mercado por cinco o diez afganis (US$0,08-0,16)", explica Sadid.

"Básicamente, se consume agua por valor de 300 afganis para producir un producto que vale 10 afganis. Es totalmente insostenible".

Y cuando se secan, los pozos se abandonan y se construyen otros nuevos, dejando un sendero de peligros para quienes transitan por la zona.

Cubrirlos resulta demasiado caro para muchos afganos, que viven en la pobreza extrema, y ​​los residentes le dijeron a la BBC que la seguridad pública no es una de sus principales preocupaciones.

Un agujero en el suelo está cubierto con unos tablones mal atados y tapados con trapos. Se puede ver una tubería que emerge del agujero.

En Afganistán no existe ninguna ley que prohíba perforar pozos propios.

Cuando la BBC contactó a las autoridades talibanes para preguntar qué se estaba haciendo para abordar los riesgos que representan los pozos, estas respondieron que estaban intentando adquirir equipos de rescate especializados para reforzar la capacidad de respuesta ante emergencias.

El Ministerio de Agua y Energía de los talibanes le comunicó a la BBC que planeaba prohibir el uso de agua subterránea, sin un permiso oficial, para cualquier fin que no fuera el consumo. No se especificó la fecha de entrada en vigor de esta medida.

El Ministerio del Interior de los talibanes había advertido previamente a los propietarios de pozos que debían cubrirlos adecuadamente. Indicó que se emprenderían acciones legales contra quienes no lo hicieran.

Aun así, Zainullah, de cinco años, cayó al pozo en Maiwand.

Cuando llamaron a Mirajan para rescatar a Zainullah, rápidamente se dio cuenta de que era la misión más complicada a la que se había enfrentado.

Su cámara no podía llegar al niño, pues estaba diseñada para descender verticalmente, y Zainullah estaba sentado al borde de una cavidad vacía de 4 x 4 metros en el fondo del pozo.

Según cuenta su padre, los aldeanos intentaron sacar a Zainullah con ganchos. Pero "algunas partes de su cuerpo ya estaban heridas", así que se asustó y se movió hacia un lado del pozo.

El artilugio de Mirajan no se podía colocar en la posición correcta, al menos no sin la ayuda de una persona.

Por lo tanto, tuvo que buscar otra manera de salvar al niño.

Hazrat fue el encargado de bajar a rescatarlo, a pesar de los riesgos. Al llegar al fondo, vio a Zainullah por primera vez.

Hazrat está sentado en un campo, vistiendo un gorro de punto de color claro, ropa de tono tostado y una bufanda roja a cuadros. Cultivos verdes y plantas altas y dispersas se extienden por el paisaje seco que se divisa al fondo, bajo un cielo azul despejado.

Hazrat logró atar las manos de Zainullah a una segunda cuerda.

Los adultos reunidos arriba comenzaron a halar las cuerdas.

Por un altavoz, se le pidió silencio a la multitud.

Mirajan le gritó a Hazrat: "Ya casi llegas arriba; no nos mires, mira hacia abajo".

La gente instaba a los que tiraban de las cuerdas a que lo hicieran "despacio, despacio", mientras se le pedía a la multitud que retrocediera para poder filmar los últimos momentos del rescate.

Dos ambulancias estaban cerca.

Se oyó un grito cuando la multitud vio a Hazrat. "¡Bien hecho, león, bien hecho!", vitorearon.

Entonces, por el pequeño agujero, Hazrat emergió, colgando del extremo de la cuerda, cubierto de barro.

"¡Retrocedan! ¡Bien hecho, campeón!", gritó Mirajan, mientras el joven rescatador era puesto a salvo.

Minutos después, Zainullah fue sacado y la celebración estalló.

Zainullah fue llevado al hospital, pero le dieron el alta al día siguiente.

Su padre siente que Hazrat ayudó a su hijo a volver de entre los muertos.

"Es difícil describir esa sensación. Recuerdas a la persona que has perdido y la lloras, y de repente vuelve a estar viva frente a ti".

Si no hubiera sido por Hazrat, teme que los aldeanos hubieran sacado a Zainullah con ganchos, gravemente herido o muerto.

Él quiere que los pozos estén cubiertos de forma segura. El agujero por el que cayó su hijo ha sido bloqueado por una gran roca que los aldeanos colocaron encima.

El tío de Hazrat, Azizullah, está muy contento de que el rescate haya tenido éxito, pero dice que le preocupaba enviar a su sobrino al pozo.

"Tenía dudas, pero luego puse mi confianza en Dios y dije que uno de nosotros debía sacrificarse por el otro. Le advertí a mi sobrino que si se quedaba atrapado sería peligroso, pero aun así quería ir", le dijo a la BBC.

"Si hubieran visto la boca de ese pozo, habrían pensado que era imposible sacar a alguien de allí".

Para Mirajan, el rescate de Zainullah es uno más en una lista que no deja de crecer.

Mirajan, vestido con ropa de color marrón oscuro, una prenda exterior marrón sin mangas y una gorra estampada, está sentado junto a un niño pequeño en un espacio interior. El niño lleva ropa de color tostado y un pañuelo con estampado azul y blanco envuelto alrededor de la cabeza y los hombros.
Mirajan, que lleva una gorra de camuflaje colocada hacia atrás, una chaqueta de camuflaje y una camisa de color claro, está sentado con una niña pequeña en su regazo. La niña viste un conjunto estampado y lleva varias pulseras, además de tener una mano vendada conectada a unos tubos médicos.
Mirajan, que lleva una gorra y una chaqueta de camuflaje sobre una camisa de color púrpura grisáceo apagado, está de pie junto a un niño mayor. El niño viste ropa oscura y lleva una gorra con motivos bordados.

Es muy consciente de la magnitud del problema al que se enfrenta. Las cosas suelen empeorar cuando personas sin formación intentan un rescate antes de que él llegue al lugar.

"Hasta un pequeño error puede poner en grave peligro la vida de la persona atrapada", afirma, y recuerda otro rescate en Ghazni, donde tres personas murieron intentando salvar a un niño que finalmente fue sacado con vida de un pozo profundo.

Quiere formar a más personas para que puedan llegar más rápidamente a los lugares de los accidentes en el futuro.

Los dos chicos se reencontraron ocho meses después, el 2 de febrero, cerca de la casa de Zainullah y del pozo donde ocurrió el accidente.

Hazrat y Zainullah están de pie, frente a frente, junto a campos de cultivo verdes en un paisaje rural árido. Hazrat viste ropa de color tostado, un pañuelo rojo oscuro y una gorra de color claro, mientras que Zainullah lleva un conjunto gris oscuro. Bajo un cielo azul despejado se aprecian un camino de tierra, muros bajos, árboles dispersos y una torre de comunicaciones.

Es la primera oportunidad que tienen los padres de Zainullah para agradecerle personalmente a Hazrat y entregarle regalos.

Hazrat es un héroe local.

"En el pueblo, cada vez que los niños me ven, me dicen que hice algo valiente y extraordinario", comenta.

Reportes adicionales: Mariam Aman, Simon Fraser, Phelan Chatterjee

Imágenes y video: Mirajan Abdullah