"La inclusión y el empoderamiento son un discurso fracasado y adormecedor"

Fuente de la imagen, Cortesía de María Galindo / Archivo Mujeres Creando
- Autor, Santiago Vanegas
- Título del autor, BBC News Mundo @HayFestivalQuerétaro
- Fecha de publicación
- Tiempo de lectura: 10 min
Entre las calles empinadas y serpenteantes de La Paz, aparece una mujer con los párpados pintados de negro, una parte de la cabeza rapada, un collar de cebollas o de ajíes y un anillo hecho con el ojo de vidrio que usaba su madre.
A casi nadie le resulta desconocida. Es María Galindo.
No es una política ni una académica, aunque hable esos lenguajes con fluidez. Podría llamársele activista, pero no habla de igualdad ni inclusión y tampoco le interesa reclamarle derechos al estado.
Es grafitera, locutora y feminista. "La primera lesbiana pública de Bolivia", dice Galindo. El filósofo español Paul B. Preciado la define como una tecnochamana.
Sus obras han llegado a famosos museos europeos. Sus libros han sido traducidos a varios idiomas. Le han ofrecido ser candidata presidencial.
Pero para ella, nada da cuenta del espíritu de su trabajo como el colectivo que creó hace más de 30 años: Mujeres Creando. En sus propias palabras, "indias, putas y lesbianas juntas, revueltas y hermanadas".
Lo que empezó como un pequeño grupo barrial, hoy es un referente para hablar de feminismo en Sudamérica.
En Mujeres Creando, a la vez que se escribe sobre qué es la justicia feminista, se sirven almuerzos, se guía a mujeres en trámites legales, se hacen shows de burlesque y se transmiten programas de radio. Galindo es la batuta de casi todo eso.
BBC News Mundo habló con ella sobre su vida, su pensamiento y su libro "Feminismo bastardo" en el marco del Hay Festival Querétaro, que se lleva a cabo del 4 al 6 de septiembre en dicha ciudad mexicana.

Fuente de la imagen, Cortesía de María Galindo / Archivo Mujeres Creando
¿Tienes algún recuerdo en particular, alguna anécdota que haya sido definitiva en la construcción de tu pensamiento, de tu estética, de tu práctica política y artística?
La verdad es que un momento no se me ocurre, pero hay una cosa que me parece muy interesante y forjadora del concepto de bastardismo, que es un eje de mi pensamiento.
Mi padre era un hombre de origen quechua con fenotipo blanco, como yo.
Era un hombre blanco, pero yo lo observaba de niña mirarse al espejo e intuía que él no se sentía legítimamente blanco. Se preguntaba todos los días: "¿Soy realmente blanco?".
Sus credenciales de blanqueamiento fueron la angustia de su vida, el no poder responder con legitimidad a la clase dominante a la que quería pertenecer.
Yo crecí viendo todos esos mecanismos sociales tan tiránicos y tan presentes en nuestro continente.
Por eso, cuando estoy en una conferencia, yo les digo: "Busquen al bastardo de su familia, busquen a la bastarda de su árbol genealógico".
En Feminismo bastardo cuentas de una joven que te preguntó qué bibliografía feminista debería leer y tú le recomiendas empezar por leer las estrías de su madre o la cárcel de mujeres de su ciudad. ¿Por qué?
Tú necesitas ubicarte en el mundo, leer tu contexto, la cotidianidad que te rodea. Eso no te lo van a dar los libros, que yo los valoro mucho, pero son otra cosa distinta.
No es que yo voy a leer la situación de las mujeres en Afganistán. No me vengas con boludeces. Las mujeres en Afganistán son capaces de leer su propia tragedia. Tú tienes que leer la tuya primero.
La lectura de tu cotidianidad y de tu contexto te va a empujar a tomar posición ante ti misma, a sacar las herramientas que necesitas para la vida que deseas.
Si lees las estrías de tu madre, sus tetas caídas, sus tics nerviosos, vas a ver directamente sus frustraciones. Y a ver cómo te va con las conclusiones que puedes sacar de ahí.

Fuente de la imagen, Cortesía de María Galindo / Archivo Mujeres Creando
Me acuerdo de que una vez me llegaron unas chicas de Barcelona que querían hacer una investigación de la cárcel de mujeres.
Entonces les digo: "¿Has ido alguna vez a la cárcel de mujeres de Barcelona?". Y no.
Me pregunto, ¿cómo te atreves a pretender ir a la cárcel de mujeres de Bolivia sin haber tomado contacto con la cárcel de mujeres de tu sociedad?
Parece que hay una escala de opresiones que se publicita de forma muy colonial mundialmente: qué mal están las árabes, las de Afganistán, por supuesto las bolivianas estamos también ahí ocupando algún lugar para que alguien nos tenga lástima.
Una cosa en la que insistes es que el feminismo no se trata de los derechos de las mujeres. ¿De qué se trata entonces? ¿Cuál es la alternativa que propones?
Yo estoy absolutamente convencida de que la lucha por derechos se ha agotado a escala mundial.
No solo para las mujeres, sino también la lucha por derechos para los GLBTQ+, a los que supuestamente pertenezco, y todas las supuestas minorías.
Esas luchas identitarias de los 90 y los 2000 llegaron a un ciclo repetitivo y retórico, en el que depende de quién eres para que puedas tener acceso a. Tienes que ser la buena lesbiana o la buena víctima; mientras más pobre, mejor.
Y se ha evadido el cuestionamiento al sistema que genera los privilegios.
Lo que yo planteo es que los feminismos necesitamos horizontes de cambio estructural.
¿Hacia dónde vamos? ¿Cuál es la noción de utopía que tenemos? Yo propongo que sea la despatriarcalización, no los derechos para las mujeres, que al final son un proyecto liberal.
Luego, creo que esa lucha por los derechos olvida a los sujetos colectivos. El sujeto de derechos es siempre individual, una persona que se llama Carmen, o que se llama Juan.
Pero ¿y el sujeto colectivo que somos como pueblos, como sociedades del sur, como generación, como las violadas agrupadas?

Fuente de la imagen, Cortesía de María Galindo / Archivo Mujeres Creando
En nuestro continente, la fuerza política principal es no haber olvidado cómo se construye el sujeto colectivo.
En México, por ejemplo, es muy interesante el tema de las madres buscadoras. No es la madre que busca a Juan. Son las madres que buscan colectivamente, que constituyen un sujeto colectivo. Y ese ejemplo mexicano tiene correspondencia en todo el continente.
Porque no somos la metrópoli, somos una especie de periferia de la economía capitalista, vivimos sujetos a procesos coloniales extractivistas donde la riqueza que producimos no regresa.
Y entonces, los mecanismos de resistencia frente a esa cotidianidad hacen que seamos capaces de construir, con cierta facilidad, con cierta intuición, con cierta fluidez, sujetos colectivos.
¿Qué les dices a las personas que están convencidas del discurso de la inclusión, de la diversidad, de la igualdad, tan transversal en nuestro tiempo?
Yo les tengo mucha pena y no creas que en Bolivia no las hay.
Todo esto de la inclusión, el empoderamiento, el discurso de derechos se ha introducido en todo el continente con muchos millones de dólares.
Donde no ha llegado el agua potable, ha llegado el taller de la ONG para generar autoestima, empoderamiento y no sé qué discurso de igualdad.

Fuente de la imagen, Getty Images
Ese discurso ya ha rendido su examen histórico, que se va remozando, pero que su matriz liberal tiene 20 o 30 años de vigencia. Por eso hablo de que está agotado.
Es un discurso fracasado, retórico y adormecedor.
Se dice "vamos a empoderar a las mujeres". Y entonces, los bancos reciben créditos concesionales —plata barata con 10 o 20 años de gracia— y los prestan a las mujeres al 36% anual, que es el dinero más caro de cualquier sociedad.
Yo tengo absolutamente comprobado, porque además todos los días trabajo en eso, que el proceso de endeudamiento de las mujeres ha servido como un colchón amortiguador del modelo neoliberal.
Una mujer artesana que contrae un crédito pasa de trabajar ocho horas a trabajar catorce para pagarlo. Pasa de trabajar sola a que le ayude su hijita. Muchas mujeres que venden comida muy barata, que se desplazan, que no tienen seguridad social porque estamos hablando de economía informal, ellas terminan subvencionando el sistema.
No es un proceso de oportunidades, es un proceso de captura. Y [el economista bangladesí Muhammad] Yunus, que es el que se inventó este cuento, ha recibido Premio Nobel de la Paz.

Fuente de la imagen, Cortesía de María Galindo / Archivo Mujeres Creando
En el libro también problematizas el movimiento #MeToo, que ha tenido un papel importante para inspirar luchas feministas en todo el mundo.
Yo veo al #MeToo como un movimiento muy lejano. Lo respeto, pero creo que la contestación a las violencias machistas, por ejemplo en Bolivia, es masiva y no viene inspirada del #MeToo.
Viene de un proceso de insubordinación contra el patriarcado. Las mujeres estamos rompiendo el contrato sexual que nos heredaron las generaciones anteriores.
Y creo que esa denuncia de las violencias machistas desde la insubordinación es mucho más potente que el discurso de la víctima.
Estamos diciendo que esa violencia que ayer era ley y era aceptada, es decir, el derecho de violarme, matarme, acosarme o manosearme para tener un trabajo, para tener una pareja, o para poder ir a la discoteca, es algo que vamos a impugnar.
Hemos hecho nosotras con la clínica de la Universidad de Harvard un estudio sobre los feminicidios en Bolivia y nos interesaba hablar de qué estaba haciendo esa mujer el día antes de ser asesinada.
Y resulta que había decidido divorciarse, había decidido trabajar, había decidido estudiar, había ido a una fiesta y estaba bailando con personas que no era su pareja. Es decir, la desobediencia es lo que genera el acto del victimario.
En el libro Justicia feminista tenemos un capítulo escrito por la madre de una víctima de feminicidio que se llama "La víctima subversiva".
Y la víctima subversiva es justamente una mujer que quiere romper con el lugar de víctima. Porque el lugar de víctima puede ser muy peligroso y puede subrayar la opresión en la cual no quieres permanecer.

Fuente de la imagen, AFP vía Getty Images
Viendo algunos de tus grafitis y algunos episodios de Mamá no me lo dijo, la serie audiovisual que dirigiste hace ya más de 20 años, me preguntaba: ¿cómo ha sido para ti y para Mujeres Creando elaborar un contenido tan sexual en pleno espacio público con todo lo que eso implica en una sociedad como la boliviana?
Por una escena de Mamá no me lo dijo el Estado directamente me hizo un juicio por actos obscenos. Porque pintamos de colores los penes de 12 hombres a mediodía en plena Plaza del Obelisco de La Paz.
Diez o quince años más tarde todavía encontraba gente que me detenía en la calle y me decía explíqueme por qué.
Entonces, creo que logramos instalar en el imaginario social un sentimiento de ruptura. Había que remover así de fuerte.
Ese proceso fue superdoloroso, pero lo recuerdo con una alegría... Me acuerdo de que me metieron a las celdas de los hombres —porque para la mirada del Estado yo no podía ser mujer— y yo estaba totalmente feliz porque habíamos logrado filmar la escena antes de la intervención policial.
Nosotras creemos que uno de los horizontes utópicos es recuperar nuestros cuerpos desnudos, nuestras sensualidades.
Tú ves la portada de Feminismo bastardo, que es una figura arqueológica, y ese es el cuerpo que hemos perdido con el colonialismo.

Fuente de la imagen, Cortesía de María Galindo / Archivo Mujeres Creando
Pero somos unas incomprendidas. Cuando vamos al tema cuerpo se desata una ira social, que yo creo que serían capaces de matarnos, ya no digo las fuerzas del orden, sino Juan Pérez o Perico.
Hace tan solo un mes, yo rompí en una entrevista de televisión un traje amazónico, que fue el traje con el que los misioneros jesuitas taparon la desnudez de las mujeres.
Por ese acto, que no era un desnudo, me quisieron pegar y todavía me amenazan de muerte.
También hemos hecho desnudos públicos colectivos y vamos a seguir en esta lucha, porque sin recuperación del cuerpo, no hay descolonización tampoco.
Has contado que en las elecciones del año pasado rechazaste ser candidata presidencial. ¿En algún momento lo considerarías?
La situación en Bolivia está muy angustiante. No sé, si se vuelve a presentar esa disyuntiva, qué voy a decir.
En el momento en el que dije que no, estaba muy convencida de lo que dije. Mi política no es desde el Estado.
Pero en este momento en Bolivia hay un vacío político tan grande que, si hay que ponerle el hombro al país, quizás lo haría.
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